Skip to content

EXTRACTO DE LA LEYENDA DEL CERRO DE LA CRUZ, PUEBLA DE DON FADRIQUE.

Aquí os traigo un primer borrador del comienzo de la Leyenda del Cerro de la Cruz. Más que nada para que veáis que el compromiso va en serio. Espero que os guste y sobre todo, se aceptan sugerencias y comentarios, por favor. ¡Gracias!

“Hace mucho, mucho tiempo, un joven caminaba solitario de regreso al pueblo. La venta quedaba al final de la Garganta de Lóbrega, a una hora de camino de la Puebla. La parada inesperada de un viaje de señores camino de Caravaca había cogido por sorpresa al ventero, que hubo de mandar sin tardanza un criado con su mula para dar aviso al carnicero. Unos pollos o unos conejos, lo que hubiera con tal de no perder los buenos reales que sacaría por servir carne para cenar a los forasteros.

Pero el carnicero había de matar los animales pues nada le había quedado del día, y mandó volver al criado con el aviso de que su propio aprendiz llevaría las piezas antes de caer la tarde. Y así fue, el mozo Francisco entregó dos gallinas desplumadas y abiertas, un conejo y seis capones. El mesonero lo despachó rápido.

—Vete ya y no te demores zagal, se te va a hacer de noche. Mañana mandaré a mi criado de vuelta para pagarle a tu maestro. Ve con Dios y no te salgas del camino.

—Con Dios queden vuestras mercedes— respondió el muchacho encaminándose a la puerta.

Francisco tenía ya casi 17 años, era un mozo de cuerpo que comenzaba a ensanchar con la forma de los hombres. Las mozas y criadas que acudían a los recados en las carnicerías de Puebla le habían dedicado risas escondidas y cuchicheos, cosas de mujeres. El aún no sabía cómo interpretar esas cosas, pero sí sabía el hormigueo que le provocaban las miradas, mezcla de vergüenza y curiosidad.

El sol ya estaba rozando el horizonte cuando salió al Camino Real, dibujando sombras alargadas como esperpentos. No era bueno andar solo a esas horas, ya era demasiado tarde para encontrarse a algún labrador o carreta que llevara su mismo camino. Al caer la noche, en las villas sólo salían los que buscaban vino, juego o mujeres, o las tres cosas. En los caminos era peor. Con la luna lo único que podía aparecer eran lobos o bandidos. Francisco chiscó con la boca para apretar el paso de la vieja burra, haciendo buen caso de su propia prudencia.

En la garganta el camino se estrechaba entre los dos montes que daban paso a la Puebla. Ahora ya su cuerpo no proyectaba sombra y se escuchaba con fuerza su respiración y las pezuñas sobre las chinas del camino, en ese extraño momento justo antes de anochecer, en que todo queda envuelto en un silencio denso como una manta. Las chicharras habían enmudecido ante la oscuridad que avanzaba. Francisco esperaba algo impaciente el sonido de los autillos, señal de que la noche había llegado. Luego le seguirían los grillos, algún zorro lejano, rapaces… y con suerte no oiría otra cosa hasta llegar a las primeras tapias del pueblo, cuando los perros empezarían a ladrar a su paso.

Pasada la mitad del camino los autillos comenzaron a escucharse. Un revuelo de aire se levantó como si algo cruzara sobre su cabeza. Francisco la agachó instintivamente con los pelos de la nuca erizados, al creer escuchar una risas apagadas entre el golpe de viento. Miró asustado hacia arriba sin ver nada. Un nuevo golpe de viento pasó y esta vez el aire se mantuvo soplando sin motivo, en lo que parecía una noche que iba a ser calma. Francisco vio aparecer de repente un reflejo rojizo a su derecha, a unas cinco o seis varas de donde estaba. El aire cesó. “¡Ay Dios, estoy muerto!” se dijo el muchacho pensando en bandoleros. Detuvo la burra ahogado por el miedo, intentando entrever en la oscuridad qué figuras había alrededor de esa luz roja como un fuego sin llamas. De nuevo unas risas llegaron a sus oídos, pudo distinguir que eran de mujeres.

Bajó de la montura despacio y la sacó del camino hasta un grupo de carrascas, donde la ató medio escondida entre las ramas. Se fue acercando tan silencioso como fue capaz, medio agachado, hasta distinguir tres figuras femeninas sentadas alrededor de unas ascuas. No hacía tanto frío, pero ellas miraban fijamente las brasas con las faldas levantadas hasta las rodillas. Iban descalzas.

—¿Te hemos asustado, palomo?— dijo una de ellas sin levantar la vista mientras las otras reían por lo bajo…”

Continuará.

cerrodelacruz
Puebla de Don Fadrique vista hacia la Garganta de Lóbrega. Créditos

historiasdelaltiplano Ver todo

Página dedicada a la difusión del Altiplano de Granada

2 thoughts on “EXTRACTO DE LA LEYENDA DEL CERRO DE LA CRUZ, PUEBLA DE DON FADRIQUE. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: