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La Noche Negra de Galera de 1750

Hablar de una noche negra en una población como Galera, que seguramente sobrepasa los 4000 años de antigüedad, y que desde luego ha vivido muchas noches negras a lo largo de su historia, obliga a ser preciso en el tiempo. No fue sin duda la peor noche de su historia, siendo una villa que ha cambiado cuatro veces su ubicación a lo largo de los milenios, ha acogido y abandonado a diferentes dioses e incluso había sido, literalmente, declarada maldita y sembrada de sal tan solo un par de siglos antes.

Esa noche no fue negra porque ocurriera algo tremendo que cambiara el curso de su historia. Simplemente la noche fue negra por siniestra. Porque antiguos rumores y temores olvidados volvieron a manifestarse en la comarca. Porque una nueva fuente oscura de poder había surgido en la cercana Orce, y sus tentáculos llegaron como la neblina , invadiendo lentos y misteriosos las calles. Fue tras la misa de la tarde, en pleno invierno y ya anochecido, cuando los galerotas salieron del templo para caer en una profunda sensación de frío y terror. Frío que no era habitual ni siquiera en estas tierras. Un terror visceral, atávico, que desafiaba al mismo dios que acababan de adorar; fuerzas más antiguas que el Cristo que veneraban en el altar. Uno a uno ponían el primer pie en la calle para mirar aturdidos al cielo helado, espeso y blanquecino como la neblina que se encaramaba extrañamente por los tejados y comenzaba a descender hacia las calles. Desde ese mismo momento tenían la certeza aterradora de que alguien iba a morir. Y aunque el silencio era atronador, susurros parecía escucharse como voces arrastradas por el aire, pero no había viento. Al principio la multitud se agolpó muda cerca de la entrada, aturdidos por las sensaciones y el temor. Y de repente comenzó a nevar, como si alguien marcara con roncos timbales el ritmo de la caída de los copos, densos y grandes como no se habían visto, entre los que parecían verse extrañas formas.

Sin una palabra, como obedeciendo una orden escuchada en su propia cabeza, los vecinos comenzaron a huir ansiosamente cada uno en dirección a su casa. Atrancaron puertas y ventanas, avivaron las hogueras y se fueron a dormir antes de lo habitual llenos de temor. Lo que les asustaba no eran los presagios ni la muerte, eso ocurría a diario. Lo que hizo pavorosa la noche fue el sentirse completamente desprotegidos ante algo desconocido de lo que no podían defenderse. La magia había sido utilizada de nuevo en el Altiplano. Y se quería para hacer el mal.

Nadie se extrañó al día siguiente cuando un cuerpo, helado y mutilado, se encontró en una calleja. Era un mendigo forastero de los que recorrían las poblaciones buscando caridad. Había muerto degollado, aunque todavía debía estar vivo cuando le cortaron los testículos pues también había sangre entre las piernas. Ya habían sido castrados otros hombres en Orce. Todos sabían los culpables: los Mendozas. Todos sabían que utilizaban los órganos para hechizos. Y todos sabían quién había traído la brujería al señorío: Don Andrés de Segura-Nieto y Romero.La noche negraok

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Página dedicada a la difusión del Altiplano de Granada

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