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DOÑA RAMONA ORTIZ REAL: CONSTRUYENDO UNA IDENTIDAD

La granadina Ramona Ortiz Real se casó en 1778 con el oscense Don Felipe Jiménez-Muñoz y Muñoz. Fue el primer matrimonio de los Jiménez en 200 años que se realizó por amor. Parece ser que era burguesa, frente a los apellidos de su esposo que pertenecía a una de las más reputadas familias del Altiplano de Granada en el XVIII: abogado de la Real Chancillería, hermano del regidor decano de Huéscar y alcaide de la fortaleza y castillo de esta ciudad, sobrino del mayor hacendado de Cúllar, tío de los Martínez-Carrasco de Guadix, emparentado con la práctica totalidad de las oligarquías de la comarca, y una de las familias ganaderas más importantes del Reino de Granada.

Tras la muerte de su marido ella debió ocuparse del futuro de los nueve hijos que habían tenido, de la riqueza legada y de poner fin, tras 114 años, al eterno pleito de hidalguía que los Jiménez mantuvieron en la chancillería granadina contra el ayuntamiento de Puebla de Don Fadrique, de donde procedían. Este pleito costó una fortuna a la familia a lo largo de las décadas, y para Doña Ramona no debió resultar fácil romper la promesa que hizo a su esposo. Pero ella era burguesa, el siglo XIX estaba comenzando y las cosas iban a cambiar irremediablemente para todos.

El retrato que hago, representa a la mujer en el momento en que renuncia a lograr la ejecutoria de hidalguía, encargándolo orgullosa y temeraria, haciendo una peineta dedicada a los alcaldes de la sala de los hidalgos de la chancillería. Eran otros tiempos y una afrenta así, podía haberle costado la cárcel. Tenía el dificílísimo reto, para un aficionado como yo, de representar en una cara inventada tres emociones. La ira por todo el esfuerzo y dinero gastado que no sirvió para nada; el alivio de haber tomado una determinación y seguirla y, en último lugar, la tristeza de haber roto la promesa a su marido por el que sintió auténtica devoción. Para ello utilicé un antiguo recurso muy usado en los retratos de Cristos y Marías de la tradición europea. Se trata de dividir el rostro en dos emociones distintas para expresar la doble naturaleza de la divinidad; o sea, los dioses son los que dan los favores, pero también los que envían las desgracias. El rostro que salva es el mismo que el rostro que condena.

collage

Así he construido el rostro de Doña Ramona. El lado izquierdo refleja esa alegría y tranquilidad, mientras que el derecho es más duro y amargo. Y para añadir la tristeza, el toque brillante de las lágrimas. La dimensión de la cabeza es obviamente irreal, no trato de reconstruir si no de emocionar. Son historias a caballo entre lo que sucedió y lo intuido, y por eso mismo, veo necesario ese toque de lo extraño. ¿Habré conseguido reflejarlo?

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Página dedicada a la difusión del Altiplano de Granada

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